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No es ninguna novedad encontrarse con una película sobre la superación personal con un personaje que va de menos a más, en este caso un veterano cantante y compositor de música country venido a menos y con problemas de alcoholismo, que tiene que conformarse con actuaciones menores o hacer de telonero de una joven estrella que se formó con él.
La historia no tiene nada de original, se ha visto miles de veces, el último ejemplo El luchador de Darren Aronofsky, pero si hay algo que salva de lo mediocre a este melodrama musical es la gran actuación de su protagonista: Jeff Bridges.
El actor, guionista, y ahora director, Scott Cooper adapta la novela de Thomas Cobb en un ejercicio presidido por la contención, donde no se adentra ni hurga en lo dramático del relato, pero tampoco provoca ninguna emoción en el espectador.
De forma sencilla, el metraje de Corazón rebelde es un paseo por la vida de un perdedor ante la oportunidad de reconducir su vida: un último amor, corregir errores del pasado o un reconocimiento profesional amenizado por un puñado de canciones que forman una gran banda sonora para los amantes del country (recompensada con el Oscar a la mejor canción original).
Todo es previsible, e incluso esperado, pero todo se perdona o se hace más llevadero contemplando el trabajo del gran Jeff Bridges, que merecidamente a recogido la mayoría de los premios, Oscar incluido, al mejor actor del año.
Le secundan una convincente Maggie Gyllenhaal (El caballero oscuro), el veterano Robert Duvall (también productor del film) y Colin Farell, en una película muy americana y simplemente correcta.
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